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IRSE A VIVIR JUNTOS: UN GRAN PASO EN LA RELACIÓN DE PAREJA

1 octubre 2013

Tarde o temprano, en el curso de toda relación de pareja, más aún si es sólida y duradera, llega el momento de tomar la decisión de conformar un nuevo hogar y una familia. Para algunas personas ello implica formalizar su vínculo con el matrimonio, ya sea civil o religioso, mientras que otras deciden irse a vivir juntos.

Esta última opción constituye una tendencia creciente en Colombia, tal como indican los datos de los estudios sociológicos y los censos realizados durante la última década.

Al respecto, según el censo de 2005, de las parejas que llevaban conviviendo 2 años o más, 52% estaba unida por un vínculo matrimonial (17% por lo civil y el resto por algún rito religioso, principalmente el matrimonio católico), mientras que 48% había optado por la unión libre.

Ahora bien, irse a vivir juntos es una decisión trascendental y compleja, que confronta a los miembros de la pareja con sus sentimientos, inseguridades, expectativas y proyectos de vida, entre otros aspectos.

Y es que siendo realistas, el amor por muy profundo que sea no siempre es suficiente para alcanzar la armonía en la convivencia cotidiana, pues ello implica la conjunción de dos personas diferentes, que si bien comparten un estrecho vínculo afectivo y emocional, así como algunos intereses y perspectivas de vida en común, también son seres independientes y autónomos, con personalidades, motivaciones, gustos, comportamientos, manías o aficiones particulares.

Vivir en pareja exige mucha más dedicación, comunicación y compromiso que sostener un noviazgo. Aunque esto puede parecer obvio, la verdad es que, con frecuencia, las personas no lo tienen en cuenta.

Una cosa es disfrutar de la compañía mutua en el marco del enamoramiento y la pasión, donde a menudo la atracción física o la necesidad de afecto son tan intensas que suelen pasarse por alto ciertas actitudes o detalles molestos de la otra persona (que no terminan por gustarnos del todo), y otra muy distinta es soportarlos todos los días, cuando estamos viviendo juntos.

De hecho, a menudo ocurre que estos “defectos” antes insignificantes adquieren mayor protagonismo durante la convivencia y, entonces, la reacción más frecuente consiste en tratar de cambiar a la otra persona para que se ajuste a nuestras expectativas y a la idea que nos hemos forjado de quien queremos como compañero en la vida (la cual, para ser sinceros, a menudo es poco realista).

No es necesario ser un experto para entender que el amor maduro, aquel que permite consolidar verdaderamente una relación y hacerla perdurable en el tiempo, nace del conocimiento mutuo, de la comunicación honesta, de mostrarnos como somos y de reconocer y aceptar a la otra persona como realmente es; en últimas, de amar con los ojos abiertos.

Por otra parte, además del afecto y la búsqueda de la felicidad y el bienestar mutuos, el hecho de vivir juntos también involucra cuestiones mucho menos románticas pero igualmente importantes, tales como la distribución de responsabilidades, el manejo del dinero y cómo repartir los gastos, la habilidad individual de adaptarse (tanto a la otra persona como a las nuevas circunstancias de vida), la toma de decisiones, el establecimiento de prioridades y la capacidad de entender que cada quien necesita conservar sus propios espacios (físicos, emocionales, sociales).

Así que antes de irse a vivir juntos hay que considerar cuidadosamente todos estos aspectos, pensar las cosas con cabeza fría y tener en cuenta que para alcanzar y mantener la armonía en la convivencia de la pareja se requiere una gran dosis de madurez, respeto, comprensión, dedicación y compromiso, así como mucho de sentido común y entereza para afrontar los problemas que inevitablemente surgirán y que hacen parte del proceso de construir un hogar y una familia.

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